Episodio 1: Cuando el motor se revoluciona a diez mil vueltas (La tormenta de CastellĂłn)
đź““ El Cuaderno del Fiti (El Piloto)
(Sonido de respiraciĂłn entrecortada dentro del casco, el motor de la Vespa rateando y los camiones adelantando ruidosamente por la izquierda)
KilĂłmetro 240. No sĂ© ni dĂłnde coño estoy. Hace cinco minutos el cielo estaba limpio, pero al pasar el cartel de CastellĂłn la cabeza me ha hecho un ruido rarĂsimo. Un chasquido. De golpe, el acelerador de la azotea se ha quedado encasquillado a fondo. Diez mil revoluciones por minuto. El motor ruge tanto que no escucho mis propios pensamientos.
Me falta el aire dentro del casco. Siento que la cazadora de cuero me encoge tres tallas y me aplasta las costillas. Las manos se me quedan rĂgidas en el manillar, frĂas como el hielo, y los retrovisores empiezan a vibrar tanto que el mundo se vuelve borroso. No hay curvas, la carretera es recta, pero yo siento que voy a volcar en cada metro. El pecho me va a reventar. Me voy a morir aquĂ mismo, tirado en el arcĂ©n, con un camiĂłn de naranjas pasándome por encima.
—¡Copi, que gripamos! ¡Que nos matamos! —le grito al vacĂo, sin voz, con la saliva seca.
Tengo el pánico metido en la culata. Quiero tirar la moto a la cuneta y salir corriendo, pero las piernas no me responden. Estoy atrapado al volante de mi propio jaleo.
đź““ El Cuaderno del Copi (El Copiloto)
(Sonido del traqueteo seco del sidecar, el viento azotando fuerte y una voz firme que intenta hacerse oĂr sobre el ruido del motor)
Iba mirando el mapa cuando he sentido el volantazo. No ha sido fĂsico, ha sido en su cuerpo. El Fiti se ha quedado rĂgido como un puntal. Ha empezado a respirar como si estuviera subiendo el Tour de Francia en bicicleta y los nudillos se le han puesto blancos de tanto apretar el puño del gas. Conozco esa mirada de reojo por el retrovisor. Ya estamos otra vez. Tormenta perfecta en la azotea.
Al principio te entra el miedo a ti también, no te voy a engañar. El viento te pega en la cara, la moto empieza a bandear y piensas: "Nos la pegamos". Pero aquà es donde el copiloto tiene que enfriar la culata. Si yo me revoluciono a sus mismas vueltas, la Vespa salta por los aires.
Le he puesto la mano derecha en el hombro, apretando fuerte para que note que sigo en el sidecar, que no ha salido volando al espacio exterior.
—¡Fiti, mĂrame! ¡Baja una marcha! ¡Saca el intermitente a la derecha y mete la moto en el puto arcĂ©n ya! —le he gritado al oĂdo, pegando mi casco al suyo.
Ha tardado tres segundos que han parecido tres vidas, pero ha reaccionado. Hemos clavado frenos en una explanada de gravilla al lado de un almacén de azulejos abandonado.
Al apagar el motor, el Fiti seguĂa temblando como un muelle viejo. No le he dicho que "se calme", porque eso es como pedirle a un carburador inundado que no tire gasolina. Solo le he cogido las dos manos, obligándole a suprimir el manillar. He empezado a respirar exageradamente alto, marcándole el ralentĂ: Inhala... exhala... despacio, joder, que no nos persigue nadie.
Nos hemos tirado veinte minutos sentados en la gravilla, con la espalda apoyada en la rueda del sidecar, viendo pasar los coches. No ha hecho falta hablar. Solo hacer contrapeso.
Puedes acceder a su equivalente en "Manual del Copi" AQUĂŤ.
El Secretari del (DIS)pensador, Junio de 2.026
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