Un día Perfecto

 Destino: Saint-Tropez. Vacilando en la Costa Azul con una Vespa y mucho orgullo.

El Diario del Fiti: "El motor suena redondo"
Tengo más mosquitos pegados en los dientes que en las gafas y una sonrisa de oreja a oreja que no me cabe en el casco. Hoy la Vespa no ha tosido ni una sola vez. Crucemos los dedos, pero creo que los demonios de mi cabeza se han quedado atrapados en el peaje porque no llevaban cambio para la autopista.
A veces, cuando estás metido en pleno fango mental, se te olvida que los días grandes también existen. Te autoconvences de que tu vida va a ser un invierno eterno metido en un arcén oscuro, tiritando y sin cobertura en el móvil. Pero hoy el parabrisas de mi mente está más limpio que los espejos de un hotel de lujo. Me noto hasta extraño flotando dentro de mi vieja chaqueta de cuero.
Da cierta nostalgia la vieja, pero hoy no pesa; hoy es un escudo de primera. El cuero añejo brilla bajo el sol francés y me recuerda una ley inmutable de la carretera: por mucho que arrecie la tormenta y por muy negra que se ponga la noche en el peor puerto de montaña, mañana es inevitable que salga el sol. El día amanece siempre, te pongas como te pongas, y hoy nos ha tocado quemar gasolina de la buena.
Aparcar nuestra Vespa entre Ferraris relucientes y yates de tres pisos en Saint-Tropez ha sido el mejor troleo del viaje. Los ricachones nos miraban como si viniéramos de otro planeta. ¡Que miren! Hoy no soy el Fiti desvelado a las tres de la mañana con el chasis temblando de puro agobio; hoy soy el rey de la pista. He pedido dos cruasanes que costaban lo mismo que un juego de bujías nuevo, y me han sabido a gloria. Este sol no es un espejismo: es real, me lo he currado sudando la camiseta en el psicólogo y pienso disfrutar del viaje.
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El Diario del Copi: "Flotar en el sidecar"
Llevo meses con los músculos del cuello tan duros que podría partir almendras con la nuca. Ser el copiloto en este (DIS)viaje significa ir siempre con el ojo puesto en las revoluciones del Fiti, oliendo el miedo antes de que aparezca y haciendo contrapeso para que no nos salgamos de la calzada en plena curva. Te acostumbras tanto a tragar barro que se te olvida que el cielo también se despeja.
Pero hoy... hoy por fin ha salido el sol y nos hemos pegado la gran vida.
Y mirando al Fiti, me ha entrado la risa floja: el asfalto siempre tiene razón. No hay tromba de agua que dure cien años ni nube tan gorda que tape el cielo para siempre. Aunque el diluvio te hunda el chasis, el amanecer es inevitable. Tarde o temprano, el sol vuelve a morder la carretera.
Mientras nos tomábamos un café que costaba un riñón frente al puerto, le he mirado de reojo. Sé que la carretera volverá a ponerse empinada y que vendrán más baches de los que hacen saltar los empastes. Pero este día de gloria no nos lo quita nadie. Las rozaduras de nuestras chaquetas son los galones de haber aguantado el chaparrón sin bajarnos de la moto. Guardo este sol de Saint-Tropez en un bidón de reserva mental: la prueba de que esta Vespa, el Fiti y yo aguantamos lo que nos echen.
El Secretari del (DIS)pensador, Junio de 2.026
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Ansiedad

Episodio 1: Cuando el motor se revoluciona a diez mil vueltas (La tormenta de Castellón)
📓 El Cuaderno del Fiti (El Piloto)
(Sonido de respiración entrecortada dentro del casco, el motor de la Vespa rateando y los camiones adelantando ruidosamente por la izquierda)
Kilómetro 240. No sé ni dónde coño estoy. Hace cinco minutos el cielo estaba limpio, pero al pasar el cartel de Castellón la cabeza me ha hecho un ruido rarísimo. Un chasquido. De golpe, el acelerador de la azotea se ha quedado encasquillado a fondo. Diez mil revoluciones por minuto. El motor ruge tanto que no escucho mis propios pensamientos.
Me falta el aire dentro del casco. Siento que la cazadora de cuero me encoge tres tallas y me aplasta las costillas. Las manos se me quedan rígidas en el manillar, frías como el hielo, y los retrovisores empiezan a vibrar tanto que el mundo se vuelve borroso. No hay curvas, la carretera es recta, pero yo siento que voy a volcar en cada metro. El pecho me va a reventar. Me voy a morir aquí mismo, tirado en el arcén, con un camión de naranjas pasándome por encima.
—¡Copi, que gripamos! ¡Que nos matamos! —le grito al vacío, sin voz, con la saliva seca.
Tengo el pánico metido en la culata. Quiero tirar la moto a la cuneta y salir corriendo, pero las piernas no me responden. Estoy atrapado al volante de mi propio jaleo.

📓 El Cuaderno del Copi (El Copiloto)
(Sonido del traqueteo seco del sidecar, el viento azotando fuerte y una voz firme que intenta hacerse oír sobre el ruido del motor)
Iba mirando el mapa cuando he sentido el volantazo. No ha sido físico, ha sido en su cuerpo. El Fiti se ha quedado rígido como un puntal. Ha empezado a respirar como si estuviera subiendo el Tour de Francia en bicicleta y los nudillos se le han puesto blancos de tanto apretar el puño del gas. Conozco esa mirada de reojo por el retrovisor. Ya estamos otra vez. Tormenta perfecta en la azotea.
Al principio te entra el miedo a ti también, no te voy a engañar. El viento te pega en la cara, la moto empieza a bandear y piensas: "Nos la pegamos". Pero aquí es donde el copiloto tiene que enfriar la culata. Si yo me revoluciono a sus mismas vueltas, la Vespa salta por los aires.
Le he puesto la mano derecha en el hombro, apretando fuerte para que note que sigo en el sidecar, que no ha salido volando al espacio exterior.
—¡Fiti, mírame! ¡Baja una marcha! ¡Saca el intermitente a la derecha y mete la moto en el puto arcén ya! —le he gritado al oído, pegando mi casco al suyo.
Ha tardado tres segundos que han parecido tres vidas, pero ha reaccionado. Hemos clavado frenos en una explanada de gravilla al lado de un almacén de azulejos abandonado.
Al apagar el motor, el Fiti seguía temblando como un muelle viejo. No le he dicho que "se calme", porque eso es como pedirle a un carburador inundado que no tire gasolina. Solo le he cogido las dos manos, obligándole a suprimir el manillar. He empezado a respirar exageradamente alto, marcándole el ralentí: Inhala... exhala... despacio, joder, que no nos persigue nadie.
Nos hemos tirado veinte minutos sentados en la gravilla, con la espalda apoyada en la rueda del sidecar, viendo pasar los coches. No ha hecho falta hablar. Solo hacer contrapeso.
Puedes acceder a su equivalente en "Manual del Copi" AQUÍ.

El Secretari del (DIS)pensador, Junio de 2.026
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